Amigo: Me voy 3 semanas de vacaciones…

Amiga: Ah! Pues si quieres, me encargo yo de tus mascotas

Amigo: Uff, te lo agradezco, no sabría que hacer con ellas…

L

o que inicialmente parecía un favor voluntario por parte de una buena amiga, se convirtió en una tragedia casi premeditada. Inicialmente el acuerdo parecía sencillo: Pararse unos dos minutos en casa del amigo para rellenar el cuenco de agua y el comedero de los gatitos persas que vivían con él. Sin embargo, la acusada sólo cumplió su promesa el primer día.

De hecho, se quedó a dormir en casa del amigo hasta la mañana siguiente. Acto seguido relleno el pote de comida y el agua… y se marchó, dejando a su suerte a los pobres gatitos de tan sólo tan diez meses, con una exigua ración que les duraría tan sólo un día. Por delante tenían tres largas semanas hasta que su dueño regresara.

Este, incluso le había dado 200 euros a la chica para que no tuviera problemas a la hora de comprarles alimentos, o lo que necesitaran los pobres animales. Dinero que, por cierto, se lo gasto para ella misma.

A los pocos días y presa de la desesperación, los mininos comenzaron una desenfrenada búsqueda de alimentos por toda la casa causando destrozos considerables en casi todo el mobiliario.

Finalmente, ante la imposibilidad de encontrar comida, uno de ellos se encaramó por la rendija de una ventana que la “amiga” había dejado abierta. Tras intentar acceder a una casa cercana saltando al vacío y con las fuerzas ya al límite, se precipitó a la calle muriendo en el acto. Pasarían horas antes de que la Policía Local de La Coruña, lo retirara de la acera.

Tres semanas más tarde el dueño regresó encontrándose el dantesco panorama. Por suerte uno de los persas aún estaba con vida… al borde de la extenuación. No dudó un instante en llevarlo rápidamente y de urgencia a la clínica veterinaria más cercana, pero era demasiado tarde:

El animal “falleció por necropsia a causa de la inanición debido al largo período de malnutrición y ayuno”.

Entretanto de la “amiga”… ni rastro. Algo que, sin embargo, se encargaría de averiguar el juez de turno tras la pertinente denuncia. Eso sí, para ello deberían pasar casi 7 añitos. Y es que la denuncia fue colocada en el 2008, y “por dilaciones indebidas”, la sentencia no se dictó hasta diciembre del 2015. Ya se sabe que las cosas de palacio van despacio (en algunos casos, ni van).

Al final, y como resultado, a la chica se le condenó a  seis meses de prisión y una multa de 4.000 euros de indemnización por los daños causados por los peludos. Según el juez: “la condenada inflingió un sufrimiento gratuito lesionando con su proceder (que les condujo a la muerte) el bien jurídico protegido, que es la vida y la dignidad del animal como ser vivo, y no puede haber beneficio legítimo en su menoscabo que justifique su sufrimiento”.

Parábola que sacamos en conclusión de todo esto:

Cuidado con según que “amigos”, y sobre todo… con la “palabra” de según que personas.

Fuente: La Voz de Galicia

 

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